Columna GABRIELA CLIVIO

Economista, Magister en Economía PUC y Magister en Finanzas Universidad de los Andes. Actualmente está finalizando un programa de especialidad en Valoración y una certificación en Inversiones Sostenibles de la Universidad de Concordia en Canadá. Fue la primera mujer en obtener la designación CFA en Chile y es socia fundadora y ex- directora de CFA Society Chile. Profesionalmente trabajó en Canadá, Chile, Perú y Uruguay.


EL “IMPUESTO ROSA” O EL POCO NOMBRADO IMPUESTO QUE AFECTA A MÁS DE LA MITAD DE LA POBLACIÓN MUNDIAL


En el año 2019 un estudio del SERNAC encontró un 311% de diferencia entre los precios de los bolsos deportivos de una misma marca. Misma calidad, forma y uso pero sin embargo, había una diferencia fundamental: el color del bolso ya que uno estaba pensado para hombres y el otro para mujeres. Más allá de los estereotipos de los colores y la asociación de los mismos al género, lo que hay detrás de esta diferencia de precios es lo que se conoce como Pink Tax o “impuesto rosa”.


Pero, ¿en qué consiste este impuesto rosa? El Pink Tax se refiere a la cantidad adicional de dinero que se cobra en ciertos productos idénticos o similares, sólo por el hecho de estar éstos destinados al público femenino. Esta discriminación de precios por género se agrega a la primera de las discriminaciones -como si fuera una torta de panqueques en la cual una capa se suma a otra- siendo la primera capa por supuesto la brecha salarial y la segunda la brecha de oportunidades, ya que por un lado los hombres ganan más que las mujeres a igual cargo mientras que además tienen, a lo largo de su carrera, mayores posibilidades de crecimiento. Por lo que, en resumidas cuentas, el impuesto rosa se agrega a la brecha salarial y de oportunidades, la que a su vez es bastante más dramática que el diferencial de sueldos.


Lamentablemente, bajo este escenario, la existencia del impuesto rosa nos señala que, incluso si las mujeres ganáramos lo mismo que ganan los hombres, seguimos pagando más por productos y servicios similares, aunque sean éstos los más cotidianos. Por ejemplo: al comparar productos para el cuidado personal,donde no hay diferencia en términos de calidad y función entre la versión masculina y la femenina, los precios de los productos son diferentes sólo por el “atributo” del color, siendo los dirigidos a las mujeres siempre los más caros.


A este ejemplo se le suman varios productos que mantienen la misma lógica. De hecho en Estados Unidos, el Departamento de Asuntos del Consumidor de la ciudad de Nueva York publicó un estudio que comparaba los precios de más de 800 productos con el objetivo de estimar las diferencias de precio que enfrentaban los compradores masculinos y femeninos. Los resultados mostraron que productos para mujeres -e increíblemente para niñas también- cuestan un 7% más que los productos comparables para hombres y niños. Dentro de la lista de productos se encontraban: juguetes, ropa infantil y de adultos, artículos de cuidado personal y productos para el cuidado de la salud en el hogar o para personas mayores. Una situación similar a la detectada hace dos años por el Servicio Nacional de Consumidores, donde se detectó que los productos destinados al género femenino pueden costar un 30% más, pese a tener igual función.


Si pensamos que las mujeres pueden jubilar antes que los hombres y tienen una mayor esperanza de vida entonces agregaríamos otra capa a nuestra “torta de panqueques”. Dado que este “impuesto rosa” lo paga más de la mitad de la población mundial, quizás ha llegado el momento de hacer algo al respecto a este tema que, por lo pronto, está aún bastante invisibilizado.