Columna GABRIELA CLIVIO

Economista, Magíster en Economía PUC (Chile) y Magíster en Finanzas ESE Business School y fue la primera mujer en tener la designación CFA en Chile en 2002. Fundadora de CFA Society Chile y Research Challenge Host en CFA Society Chile y CFA Society Montreal.


LAS CAJAS DE COLORES MÁS LINDAS


Cuando era chica, en Uruguay, no existía la oferta de artículos que hay hoy en día para los niños. Para jugar había sólo una bicicleta o patines con ruedas, nada de encerrarse con los videojuegos, se jugaba afuera en la calle -o en la vereda mejor dicho - con los vecinos de la cuadra. Tampoco había protocolo para las invitaciones ni intervención de los padres, salíamos a la calle, les tocábamos timbre a los vecinos y los invitábamos a jugar con nosotros.


En esa época, nos compraban un par de zapatillas por año, las que se cambiaban sólo si nos quedaban chicas - porque si se rompían se reparaban - un par de jeans y algún que otro juguete que nos regalaban para Navidad o para el día de Reyes. Para el colegio, nada de elegir colores de mochilas, para empezar no había mochilas, para llevar los útiles utilizábamos lo que se conocía como un “portafolios”. Era un “artículo” de cuero que pesaba una tonelada y la elección de colores se limitaban al negro o el café.


Sin embargo, había algo que sí nos dejaban elegir, que cuidábamos como un tesoro y que teníamos que hacer durar varios años: eran las cajas de lápices de colores. Las mejores eran las CaranD´Ache o las de Faber que venían en un estuche metálico y, si los lápices eran acuarelables, era como tocar el cielo con la mano. Si la caja tenía 30 colores era verdaderamente lo máximo. Tener esas cajas de lata con todos los colores nos permitía crear los mejores dibujos, lograr efectos y matices inigualables. Así, quienes teníamos esas cajas maravillosas -que nuestros padres nos recordaban frecuentemente que eran “muy caras”- contábamos a modo de ritual al finalizar la clase, que no nos faltara ni un sólo lápiz aún cuando prestábamos los lápices durante la clase.


Cuando pienso en como debe ser el país que queremos recuerdo esas maravillosas cajas de colores, donde todas las tonalidades están presentes y es, justamente, esa diversidad lo que nos permitirá hacer los mejores dibujos, con la mayor cantidad de matices.


Si asignáramos significado a los colores podemos pensar en el rojo como la riqueza mineral de Chile, en el blanco, tal como dice la Canción Nacional, en la majestuosa montaña o en el azul por el océano que baña las costas. El azul claro podría significar los límpidos cielos del norte donde se han instalado los observatorios astronómicos más importantes del mundo.


Los colores también tienen un significado bíblico; el verde que hoy en día representaría todo lo ligado a la sustentabilidad, en la biblia representa la esperanza, el naranja representa todo aquello ligado con la manifestación de afecto; y el violeta representa todo aquello que no podemos entender, lo sobrenatural, lo invisible. El rosa, un color que identifico con lo que he llamado “el factor armonía” finalmente, significa la unión, la hermandad y el amor. Y así podría seguir enumerando colores y comentando su significado.


A estas alturas la idea que quiero transmitir ya está medianamente clara. Ningún color por sí sólo nos podría dar la profundidad o la riqueza de un dibujo donde coordinemos, armónicamente, todas las tonalidades. Así, ahora que las pruebas de las vacunas parecieran estar funcionando y cada día falta menos para poder dejar el COVID-19 atrás, tenemos que co-construir un país con todos los colores, donde todos tengamos presencia: Uno más verde que dé más importancia a la sostenibilidad y más blanco que asegure la justicia. Un país que retome la senda de crecimiento, con mejores políticas y donde vuelva a respetarse el azul de la autoridad. Una nación donde exista la seguridad, la justicia y “una caja de colores” que tenemos que cuidar, porque, al igual que antes, no existe otra.