Columna de YOLANDA PIZARRO

Educadora de Párvulos y Mediadora Familiar, especialista en temas de Género, Diversidad e Inclusión. Directora de Diversidad de Género de Lares Hub. Doctora en Educación, Universidad Pompeu Fabra, España. Magíster en Comunicación y Educación, Universidad Diego Portales, Chile. Diplomada en Género y Educación, Universidad La Sapienza, Italia. Integrante del Comité Editorial de “Somos Financieras” del Diario Financiero. Mentora en programa de “Comunidad Mujer”, Chile. Socia Fundadora de la Cámara Mujeres y Negocios, Chile. Asesora del Consejo Promociona Chile, proyecto que permite potenciar la incorporación de más mujeres en cargos de alta dirección y gerencia en conjunto con la CPC, ICARE y la UAI en alianza con la CEOE y el Gobierno Español. Premiada dentro de las “100 mujeres líderes de Chile” 2017, reconocimiento entregado por contribuir a generar puentes entre el mundo público y privado. Docente en las Universidades Diego Portales, Academia de Humanismo Cristiano y Adolfo Ibáñez en Chile e Iberoamericana de México. En la actualidad en las universidades Adolfo Ibáñez y SEK. Representante de Chile en diferentes organizaciones e instituciones como la Comunidad Económica Europea y Onu Mujeres con ponencias relacionadas con transversalizaciòn de la perspectiva de Género en las políticas públicas y empresariales. Panelista en Televisión Nacional de Chile, radio ADN y columnista en diversos medios escritos.


DE LA DESESPERANZA APRENDIDA A LA ESPERANZA RADICAL



Dos frases me retumban hace unos días, la primera vinculada a NNA (niños, niñas y adolescentes) con los que he interactuado desde hace muchos años en El Castillo y la Santo Tomás, comuna de La Pintana,en mi rol de Educadora y a los que por diferentes caminos la vida me los puso nuevamente en frente y la conversación gira en torno a : que voy a hacer cuando termine “la básica” si mi mami está en cana? ; tía no me cuento cuentos, yo no voy a ir al Instituto, voy a a ir a vender a la feria lo que junto aquí con las “chiquillas”, ese es mi futuro; mi papá llega enojado y nos saca la cresta a todos; no quiero seguir en la pasta base pero tampoco se como salir de ahí. Todos estos relatos hechos desde la pasividad ante estos acontecimientos dolorosos que acompañan su cotidianeidad y que no ven como cambiar. Esa es la desesperanza aprendida.


Ellos y ellas se encuentran atrapados en un laberinto social donde a cada movimiento parecieran hundirse un poco más . Los distintos actores que van conformando sus familias presentan inhabilidades sociales que les impiden salvar obstáculos fundamentales para su integración social reproduciendo el círculo de la pobreza y la feminización de ésta.


Podría seguir con un largo relato de la desesperanza aprendida post Jardín Infantil o Educación Básica porque el entorno es el que los signa: pobreza es igual a mala calidad de la educación, áreas verdes casi inexistentes, hacinamiento, abusos, violencia, embarazo adolescente, jefatura de hogar femenina, deprivación afectiva, baja autoestima y machismo, en definitiva la cuna en la que nacen los define. Es la desigualdad en toda sus formas.


Ellos y ellas siguen “bailando el baile de los que sobran”, sus proyectos vitales vienen trizados desde hace muchos años y los diferentes gobiernos no fueron capaces de verlo en su real magnitud. No los vimos, no los cuidamos, no los contuvimos.


Por otra parte, el quinto informe MOVID-19, elaborado por el Colegio Médico y la Universidad de Chile, nos plantea que la pandemia ha acentuado la brecha entre mujeres y hombres en múltiples ámbitos. La crisis generada por el COVID-19 y la caída del empleo relacionada con las medidas de distanciamiento social tienen un gran impacto en los sectores laborales feminizados, como el de servicios, educación y emprendimiento, por mencionar algunos.


El informe nos dice que el desempleo afecta un 43.1% a los hombres con enseñanza media incompleta, y un 44.8% a las mujeres. La percepción de inestabilidad laboral entre mujeres con niveles educacionales más bajos da cuenta de una sensación de desprotección social en el contexto de la crisis.


Además, el cierre de las escuelas y jardines infantiles, sumado a no poder contar con las tradicionales redes de apoyo familiares, también han tenido un gran impacto en el equilibrio entre vida personal y trabajo, afectando la salud mental de las mujeres como consecuencia de la sobrecarga laboral y emocional cotidiana.


El Termómetro Social (Centro Microdatos. Universidad de Chile) de junio nos indica que un 55.8% de las mujeres ha sufrido un deterioro en su estado de ánimo durante los meses de la crisis sanitaria, mientras que un 42.8% de los hombres estima lo mismo. Estos indicadores de salud mental podrían reflejar la sobrecarga que tienen las mujeres en relación con el cuidado de terceros, potencial perdida del trabajo -o la cesantía en la que se encuentran- y el aumento de la violencia intrafamiliar en contexto de hacinamiento y cuarentena.


Si miramos la comarca, el Financial Times devela que las mujeres en el mundo entero dedican, en promedio y todos los días, cinco horas ayudando a sus hijos con las clases en línea y sus parejas hombres solo dos. Acá en Chile es similar agregando que la conexión a internet es precaria, tienen solo un computador por hogar y un grupo importante son “analfabetas digitales”.


¿Qué otros datos necesitamos poner arriba de la mesa para develar el aumento de la feminización de la pobreza? ¿Qué otros datos para mostrar que esta crisis sanitaria y sus consecuencias económicas, como ha sucedido a lo largo de la historia de Chile, golpea de manera más brutal a las mujeres, niñas y adolescentes?


Hemos estado en largas conversaciones con sentido para actuar asertivamente y cambiar este Chile desigual que tanto mal nos ha causado en términos de las brutales desigualdades y brechas. Es necesario que volvamos a creer que es posible una co construcción democrática con todos y todas en la mesa, con metodología participativa y conclusiones con sentido de urgencia.


Por tanto, lo que resulta ineludible es diseñar estrategias y políticas públicas con perspectiva de género que contemplen la “escucha atenta” a la sociedad civil, las diferentes comunidades que están en el territorio, a las ciencias, las humanidades y ciencias sociales garantizando con ello un aporte integral y diverso que apunte, con sus reflexiones y propuestas, a acortar las brechas y disminuir la desigualdad que se ha develado con mayor fuerza a través de esta pandemia y donde las más afectadas han sido las mujeres de los diferentes rangos etarios.


De ahí viene mi segunda frase sobre la esperanza radical (Jonathan Lear) para construir futuro, un nuevo estado de ánimo con la capacidad de reinventar el sentido de nuestra existencia colectiva cada vez que sea necesario , desde mi perspectiva hoy más que nunca. El futuro que se nos viene, supone una necesidad, más bien una tremenda responsabilidad de transformar la manera de relacionarnos, de cuidarnos, de contenernos en lo afectivo y, en lo racional- político, pensar en reformas a las políticas públicas con un catálogo de derechos con perspectiva de género e interseccionalidad que acoja las demandas de nuestros NNA, adultos y adultas mayores , personas en situación de discapacidad, inmigrantes, población LGBTI y pueblos originarios que no pueden seguir esperando.

Construir un nuevo sentido común compartido que nos acoja a todos/as, especialmente a mis queridos NNA de El Castillo y la Santo Tomás para que la desesperanza aprendida se vaya transformando en esperanza radical a través de la igualdad sustantiva que permita superar las desigualdades estructurales que hoy existen.