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Columna de VARINKA FARREN

  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

SW50 2026. Premio Her Global 2026. Directora ejecutiva de Hub APTA. Past president y cofundadora de Women Board Up. International Advisor Ingenia. Board member CBA | Mentoring, Entrepreneurship, Economics


LA VOZ: ES PARTE DEL LIDERAZGO


Mi trabajo, si tuviera que resumirlo, es lograr que dos personas que hablan de lo mismo dejen de creer que hablan de cosas distintas.


De un lado, investigadoras e investigadores que llevan años estudiando algo con una profundidad admirable. Del otro, empresas que necesitan resolver un problema concreto, con plazos, presupuestos y urgencias. El tema es el mismo; el idioma, no. Y muchas veces salen de la reunión convencidos de que el otro no entendió nada.


Durante mucho tiempo pensé que esa parte del trabajo, la de articular, era secundaria. Lo importante parecía ser el desarrollo, el contrato, el negocio. Con los años entendí que era exactamente al revés: si nadie articula, no ocurre nada.


Pero me faltaba la mitad de la lección. Articular no basta. También hay que visibilizar.


Se puede sostener durante años una red de conversaciones, acuerdos y confianzas, y que nadie sepa que existió. Yo lo hice bastante tiempo, convencida de que si el resultado era bueno se iba a notar solo. No se nota solo. Alguien tiene que decirlo, y esa alguien suele tener que ser una misma.


Eso fue lo que más me costó aceptar: que hablar no es el adorno del liderazgo. Es el liderazgo.


Liderar es articular y visibilizar. Poner a la gente de acuerdo y después ser capaz de explicar, sin pedir disculpas, qué se logró y por qué importa. Las dos mitades. Con la primera sola, el trabajo existe pero no cuenta.


Y aquí está lo que me parece más interesante: esa habilidad no es solo de mi rubro.

Ocurre cada vez que alguien logra que un equipo dividido llegue a un acuerdo. Que una idea sobreviva a un comité. Que dos áreas que llevan meses culpándose terminen trabajando juntas. Pasa en todas las organizaciones, de todos los rubros, y casi nunca figura en el cargo de quien lo hace.


Esta habilidad se entrena, y a mí me tomó años. Se resume en tres cosas.

La primera: preguntar más de lo que se responde. Casi todas las veces que no llegué a nada fue porque hablé antes de entender.


La segunda: la confianza es lenta. No se construye en una presentación impecable, sino en muchas conversaciones pequeñas, incluidas las que no llevan a ninguna parte.

Y la tercera, la más incómoda: aprender a dar la cara. A quedar en el medio, donde ninguno de los dos lados te va a sentir completamente de los suyos, y a poner tu nombre en aquello que sostienes.


Lo digo porque ahí hay un patrón que veo una y otra vez entre mujeres: articulamos muy bien y visibilizamos muy mal. El trabajo de sostener conversaciones largas, de coordinar intereses distintos, de cuidar relaciones, rara vez aparece en un indicador. No se ve. Pero cuando falta, se nota de inmediato: los proyectos se caen, los equipos se rompen, las buenas ideas se quedan a medio camino.


Por eso, en las iniciativas que he liderado para acompañar a mujeres que buscan llegar a espacios de decisión y a directorios, una de las primeras conversaciones no es sobre su currículum. Es sobre poner en palabras aquello que sostienen y que nunca les han contado como mérito.


Así que si estás en un rol donde sientes que tu aporte es difícil de explicar, que no se mide, que otros se llevan el crédito de algo que tú sostuviste, míralo de nuevo. Ese trabajo no es menor: es el que permite que todo lo demás ocurra. Y lo que falta no es hacerlo mejor. Es contarlo.


Nómbralo.


Porque nadie va a llamar por su nombre a un trabajo que ni nosotras mismas nombramos.


@varinkafarren   ·   hubapta.com

 
 
 

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