Columna de PAULA ROMAN
- Fabiola Olate Sagredo
- hace 57 minutos
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Cirujano dentista especialista en Armonización Orofacial/ Especialista en Periodoncia e Implantología Quirurgica/ Fundadora y directora del Programa Intensivo en Armonización Orofacial Universidad de los Andes/ Docente Postítulo Periodoncia Universidad de los Andes/ Speaker para Merz Aesthetics en Latinoamérica y Exocobio.
SENTIRSE BELLA: COMO EXPERIENCIA EMOCIONAL

Sentirse bella no es únicamente una cuestión estética, sino, ante todo, una experiencia emocional.
No nace en el espejo, sino en la manera en que una persona se habita a sí misma. Cuando alguien se percibe bella ocurre algo silencioso pero poderoso: se siente en armonía con su propia identidad.
La belleza, entendida desde este lugar, no responde a estándares rígidos ni a moldes impuestos. Se construye a partir del reconocimiento personal, del autocuidado y de la aceptación, de la historia que cada cuerpo y cada rostro narran. En ese proceso, sentirse bella se transforma en un acto de validación interna, una forma íntima de decir: estoy bien conmigo.
Hay días en que una se mira al espejo y no busca aprobación, sino reconocimiento. No se trata de gustar, sino de encontrarse. La autoestima no se construye solo desde lo que pensamos, sino también desde cómo nos habitamos. Y es en ese cruce entre imagen y emoción donde la medicina estética ha encontrado un lugar legítimo: no como una promesa de perfección, sino como una herramienta de bienestar.
Bien indicada, la medicina estética puede ayudarnos a reconciliarnos con rasgos que nos incomodan, a suavizar señales del tiempo que no siempre dialogan con cómo nos sentimos por dentro, o simplemente a vernos más descansados, más luminosos, más nosotros. Ese pequeño ajuste externo, cuando es respetuoso y medido, puede generar un impacto profundo: mayor seguridad, más libertad al mostrarse, menos autoexigencia.
Sin embargo, el límite entre el cuidado y el exceso es delgado. Cuando el objetivo deja de ser armonizar y pasa a ser transformar, la estética pierde su sentido terapéutico. Ocurre cuando se intenta borrar la identidad, cuando los rostros comienzan a parecerse entre sí o cuando un procedimiento busca tapar inseguridades que no se resuelven con una jeringa.
Evitar los excesos implica, antes que todo, una buena indicación médica. Es fundamental que el tratante sea un profesional capacitado, ético y con criterio estético; alguien capaz de escuchar, comprender motivaciones, detectar expectativas irreales y, sobre todo, saber decir que no. En medicina estética, la ética es tan importante como la técnica. A veces, menos es más: confiar en procesos progresivos suele ser la clave de resultados elegantes y duraderos.
Hoy el foco de la medicina estética ha cambiado. La belleza ya no está en la exageración, sino en la coherencia. Un tratamiento bien hecho no se nota, se siente. Se expresa en un rostro natural, que envejece con dignidad y conserva su historia. La verdadera estética no busca congelar el tiempo, sino acompañarlo con sutileza.
Los avances científicos de los últimos años han sido notables, y por eso los tratamientos de medicina regenerativa —como los bioestimuladores de colágeno, los bioremodeladores de la piel, los skinboosters y los exosomas— están hoy en auge. Una piel sana y luminosa es la base para verse no solo más joven, sino verdaderamente radiante. La toxina botulínica, por su parte, sigue siendo uno de los tratamientos más solicitados, ya que al relajar la musculatura permite un rostro más descansado y amable, alejando ese gesto de enojo o agotamiento que muchas veces no refleja cómo las personas se sienten por dentro.
La medicina estética, cuando se ejerce con sensibilidad y criterio, no impone modelos ni corrige “defectos”. Acompaña procesos personales. Ayuda a mirarse con más amabilidad. En estos 18 años de experiencia en el campo he ayudado a muchas mujeres en este proceso, a encontrarse consigo mismas … Porque al final, verse bien no es parecer otra persona, sino reconocerse —y gustarse— en la propia piel.
Sentirse bella, entonces, no es un objetivo superficial, sino una consecuencia de estar en paz con uno mismo. Y cuando esa paz aparece, el bienestar no solo se nota: se irradia. Ese es mi pequeño granito de arena, desde lo que hago con pasión y cariño: ayudar a que otras mujeres —y hombres también— brillen, que se sientan más felices consigo mismos, más seguros, más empoderados.
Esta percepción tiene un impacto directo en el bienestar integral. Quien se siente bella suele caminar con mayor seguridad, expresarse con más libertad y relacionarse desde un lugar más genuino. Esto influye no solo en lo emocional, sino también en las relaciones interpersonales y en el ámbito laboral. Una persona que se siente cómoda en su propia piel transmite confianza, no porque cumpla una expectativa ajena, sino porque se habita con tranquilidad.
La belleza, vivida como experiencia personal, libera. Permite dejar de compararse, soltar la exigencia constante y comprender que el valor propio no depende de la aprobación externa. En ese espacio íntimo, sentirse bella se convierte en una fuente profunda de bienestar: una coherencia serena entre lo que se es, lo que se siente y lo que se proyecta.
Las invito a todas a sentirse bellas y brillar!
@drapaularomanmerdech

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