Columna de MARÍA ISABEL MUÑOZ

Periodista. Magíster en Comunicación Estratégica de la Universidad Adolfo Ibáñez. Integra el Directorio de la Cámara de Comercio de Asia Pacífico, y el Directorio de la Asociación de Ética Empresarial y Organizacional. Es miembro del Comité Editorial de Diario Sustentable y Socia Fundadora de FI Consultores. Actualmente asesora a empresas e instituciones en asuntos estratégicos.

PROPÓSITO Y ESPERANZA


Mientras el planeta se queja y reacciona ante los efectos del Antropoceno, en tiempos donde nuestros habituales procesos de interacción e intercambio humanos están en entredicho, gigantescas constelaciones satelitales se articulan silenciosamente sobre nuestras cabezas para engrosar la Piel Digital de la Tierra que ahora comienza a adquirir nuevos roles y funcionalidades, en la forma de una gigantesca manta de acceso que soporta, vigila y transmite las sensaciones e interacciones de nuestra agitada civilización.


Unos cuántos miles de kilómetros más abajo en la superficie, de la mano del entramado multilateral, nuestras sociedades y gobiernos despliegan titánicos esfuerzos por adaptar en parte sus políticas públicas y las rigideces de sus modelos económicos -ante tal vez la única certeza de que disponemos- y es que no podremos aspirar a las viejas prácticas “normales” del pasado, especialmente cuando los problemas y dilemas que enfrentamos son ya de un nuevo orden. Muy a pesar de la ceguera colectiva, estamos contra el tiempo: si nuestro PROPÓSITO fuera el desarrollo de un mundo más equilibrado y sostenible.


En tanto, al interior de las organizaciones, y muchas empresas y negocios del Nuevo Mundo, se diagraman a gran velocidad modelos disruptivos para capear la ola de cambio, automatizando procesos, identificando fábricas de canales y conocimientos, amenazas y riesgos, subunidades estratégicas, redes de aliados, motores de ventas, parametrizando casi todo, excepto los objetivos, los impactos y el nuevo Propósito, que muchas veces se convierte en la fuerza más movilizadora de una organización humana, especialmente cuando todavía disponemos de la capacidad de “pensar y modelar nuestro mundo” con la ayuda de la tecnología y la inteligencia artificial, y no al revés.


Finalmente, si nos observamos como seres humanos, no es irrelevante haber perdido y concedido (hace rato) gran parte de nuestras libertades, con débil o casi nulo cuestionamiento respecto de cómo llegamos a nuestro presente, medio ingenuos y obedientes, aceptamos la manipulación ideológica, religiosa, informativa incluso la intromisión química en nuestro torrente sanguíneo, con la promesa de seguridad y etiqueta de responsabilidad en pro del bien común. Pero seguimos formulado las preguntas incorrectas: ¿Habrá un nuevo rebrote? ¿podremos volver a viajar? ¿cuántas veces nos tendremos que vacunar? en circunstancias que el propio planeta a partir del clima, y el comportamiento de su flora y fauna, nos indican que la fragilidad inició hace décadas atrás y como consecuencia de la acción humana


Así como NO se nos ha educado para entender y aceptar el “paso de la muerte” biológica, tampoco nos detenemos a escuchar nuestra voz interna, aquella que nos puede recordar la misión y el propósito de nuestra experiencia elegida: ¿qué vinimos a aprender y hacer acá? y ¿para qué?. Somos privilegiados de compartir este tiempo. Aún cuando permanezca el flagelo de la pobreza, y nuestros sistemas políticos y económicos hayan prácticamente caducado, poseemos más información, contaremos con mayor tecnología y acceso a la educación (apuesto al valor de las constelaciones 5G), y la nueva conciencia global no será una causa, sino más bien una fuerza imparable impulsada por las generaciones que vienen.


Una civilización basada en la codicia, la violencia y la desigualdad es insostenible, por tanto ésta será nuestra oportunidad para ajustar los valores y reescribir el PROPÓSITO.