Columna de MARÍA ISABEL MUÑOZ

Periodista. Directora de la Cámara de Comercio Asia Pacífico. Directora de la Asociación de Ética Empresarial y Organizacional de Chile

CABALGANDO EN APOCALIPSIS


Cumplimos un año del “despertar de Chile” y en la reconstrucción histórica se saturan páginas y plataformas con análisis y opiniones respecto de lo que fue, pudo haber sido o lo que debiera hacer Chile asociado al Estallido Social. Mientras tanto, en lo que queda de Plaza Italia, hordas radicales y violentistas se reúnen y avivan para hacer el mayor ruido y destrucción posible “hasta que la dignidad se haga costumbre”, de paso, disputando territorialmente el lumpen la conquista del Monumento al General Baquedano, cuyo caballo producto de las diarias y obsesivas capas de pintura es probable que termine convertido en un fornido percherón. Volvemos a ser noticia mundial: muestra dolorosa de jóvenes saqueando y celebrando a dos iglesias en llamas, mientras cientos de familias y ciudadanos en marcha pacífica, retroceden para dar paso al vandalismo desatado y a rituales nocturnos que poco tienen que ver con Chile. Llegada la noche en la nueva Plaza Pública y al son de fuegos artificiales, flamea una enorme bandera negra.

Pero en realidad ¿Qué tenemos que celebrar? ¿Hemos avanzado en el diagnóstico para descubrir el sentido de lo que nos sucede? ¿Qué hemos aprendido y entendido hasta ahora? ¿Hemos fortalecido nuestras instituciones? ¿Cuál es el fundamento de nuestra democracia? aquella que por obsesión ideológica y violencia contumaz terminó por interrumpirse. Es evidente que el modelo neoliberal y sus excesos ya agoniza, pero no es menos cierto que la pasada explosión del 18/0 sigue siendo un proceso en desarrollo, una manifestación y expresión masiva (brava y violenta), pero que por sí misma no ha resuelto el problema ni acallado el malestar.

Tras la Pandemia todo se complejizó para nosotros. En la sumatoria y entramado de crisis social, institucional, política, económica y hasta multilateral que nos afecta, desde una y otra vereda se respira y percibe un preocupante desaliento -pues a pesar de los esfuerzos y como vamos- cabalgamos a paso raudo para volver a convertirnos en un país fracasado, mediocre y empobrecido, capturado por la odiosidad, violencia y la torpe polarización. Y aunque esto último sea un fenómeno que en la actualidad afecte a muchos países y gobiernos ¡en esto, chilenos, cabalgamos TODOS! sea nuestro caballo rojo o negro.

Co-responsables aquí quienes se benefician del caos y la anarquía, aquellos que delinquen y destruyen; los que avivan la cueca, los espectadores y cómplices silenciosos, los carentes de voluntad y determinación tras las cortinas del poder, incluidos aquellos líderes conversos pero carentes de una base ética. La elite y el mundo académico. Están aquí quienes desinforman y distorsionan con descaro la realidad, abusadores y abusados, activistas y victimarios, y los políticos pequeños pero sedientos de poder. También los ciudadanos desinformados e ilusos que ya no se hacen preguntas (a duras penas entienden), incluyendo a aquellos intolerantes incapaces de escuchar y argumentar con quienes piensan distinto.

En suma, los Unos y los Otros, creyentes y profanos, los que enarbolan con fanatismo las banderas del extremo, transformando a las nuevas generaciones en verdaderas tropas de zombies. Cada vez que por acción u omisión permitimos que se borre nuestra historia, se erosionen las fuerzas de orden, se destruya el patrimonio y la cultura. Cuando permitimos que se relativicen los valores, se profanen nuestros símbolos, justificando o reduciendo acomodaticiamente la destrucción por sobre el progreso y el uso de la violencia por sobre la paz...nos traicionamos a nosotros mismos ¡y peligrosamente retrocedemos!

Grave, por cuanto estamos en la antesala de un proceso consultivo de enorme trascendencia para el país, en momentos de una debacle económica casi sin precedentes. Por todo ello, estamos llamados a cuidar con valentía nuestra democracia y a fortalecer el sistema de equilibrio de poderes. No debemos abandonar el deber y la participación cívica ni siquiera en razón de la Pandemia. Tampoco nos podemos dar el lujo de desechar nuestra esperanza y la voluntad de avanzar hacia una nueva conversación y proceso constituyente. Sigo confiando en que sabremos revertir la oscura amenaza apocalíptica de quienes sólo desean destruir para refundar, pues somos muchos más quienes amamos la patria y respetamos la “tierra que nos dio por baluarte el Señor”.