Columna de KAREN PONIACHIK

Head of Columbia Global Center in Chile | board member | ESG & climate change risk management


¿SOBRE QUÉ ESCRIBO?


Me ha costado escribir esta columna. Cuando Mujeres INfluyentes me invitó a hacerlo, repasé las materias en las que me he especializado: Los desafíos que enfrentamos los directores en tiempos de crisis, la trascendencia de los planes de continuidad de negocios o el imperativo de promover programas de ética y compliance en las empresas. Pero decidí descartarlas porque, luego de haber hablado sobre todas estas cuestiones en decenas de clases y webinars, sentí que no tenía mucho nuevo que aportar. ESG, no otra vez; el estudio de Seth Zimmerman sobre la falta de diversidad de elite chilena, no de nuevo; las elecciones presidenciales en Estados Unidos, ya no más.



Pensé entonces que tal vez podría escribir sobre la ansiedad que provoca el encierro desde un punto de vista psicoanalítico, hasta que oí al alcalde de Santiago decir que en su comuna había más gente con hambre que con Covid. Intenté desarrollar los conceptos de aislamiento, soledad y solicitud a partir de las definiciones de Hannah Arendt, hasta que vi en la televisión que un hombre de 63 años había muerto de coronavirus solo en su casa de La Florida días después de que un guardia del hospital de la comuna no lo dejara entrar para hacerse el examen. Iba a alegar contra la presión del home-schooling, hasta que descubrí en Ciper la historia de Juan, de la misma edad de mi hija, que tiene que dictarle por teléfono las tareas a su mamá, que vive en otro pueblo de la Araucanía, porque no tiene computadora. En este contexto, nada de lo que yo pueda decir tiene relevancia.



Se me ocurrió probar con un tono más anecdótico. En esa línea, pensé que podría contar cómo perdí la cuenta de las reuniones que he tenido por Zoom, consciente de que psicólogos y neurocientíficos sostienen que las distorsiones y retrasos inherentes a la comunicación por video pueden terminar haciéndote sentir aislada, ansiosa y desconectada. Pero todos quienes se animen a leer esta columna van a estar en las mismas. Pasé.



También pensé en sacudirme de mi estilo tan estructurado para referirme a aspectos más baladís como, por ejemplo, a mis caminatas diarias -con mascarilla obviamente- durante las cuales he listado trece distintas razas de perros tras las rejas de entrada de las casas de mi barrio. O contar que me he probado decenas de modelos de anteojos vía una aplicación que tiene Warby Parker que permite que te tomes fotos para ver cómo te quedan, que tuve que recurrir a Google para recordar cómo transformar decimales en fracciones para ayudar a mi hija con las tareas, y que, pese a estar retraída durante todo este tiempo en mi departamento, no he logrado hacer ninguna de las cosas que me había propuesto: Retomar los libros que dejé a medias, ordenar las carpetas de Outlook de mi computador (¡tengo más de doscientas!), participar en las clases de literatura de Carla Guelfenbein, dedicarme a escuchar los podcasts de Radio Ambulante… una lista interminable que quedó solo en eso, en una lista.



Pero éstos no son tiempos para hablar de payasadas. Hay demasiada gente que lo está pasando mal. Inmigrantes refugiados en carpas o hacinados en escabrosos cités, miles de trabajadores sin pega, decenas de allegados en casas de familiares porque no tienen cómo pagar arriendo y otros que literalmente no tienen qué comer. Están los que deben romper la cuarentena para ir a trabajar porque no les queda otra, las mujeres golpeadas por sus parejas y los trabajadores de la primera línea que deben lidiar con un sistema hospitalario que está al borde del colapso.



He llorado. Mucho y muchas veces. En ocasiones sin razón alguna, en otras por el desconsuelo que provoca el encierro, por la falta de certezas respecto a cuándo, cómo y por qué todo esto. Decía Ari Goldman, profesor de la Escuela de Periodismo de Columbia, que vive al lado de un hospital de Nueva York, que él llora cada vez que escucha una sirena porque sabe que se trata de una ambulancia que traslada a un enfermo o a un muerto.



Lloré hace unos días cuando vi el video de Yo Yo Ma tocando con su cello la canción de la última escena de Cinema Paradiso probablemente por las mismas razones que llora el personaje que hace de Salvatore en la película: por el sañudo paso de los años, por lo hecho y deshecho, por lo ganado y lo perdido, por los amores y desamores, y por los recuerdos de una infancia que se hace cada vez más remota. También lloré para Yom Hashoa, día en que se conmemora el levantamiento del gueto de Varsovia, cuando le mostré a mi hija por primera en su vida fotos de Auschwitz sin poder explicarle por qué el mundo había dejado que eso sucediera. Lloré cuando supe que el jardinero del edificio había muerto de cáncer de páncreas después de una batalla que nunca tuvo posibilidades de ganar. Lloré cuando una amiga a la que no veía hace tiempo falleció de un momento a otro producto de un aneurisma, sin alcanzar a decirle adiós a nadie.



Hace años, cuando leí “El Amor en los Tiempos de Cólera” (curiosa coincidencia) me quedó esculpida en la memoria la siguiente frase: “El doctor Urbino agarró el loro por el cuello con un suspiro de triunfo. Pero lo soltó de inmediato porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés”.



La posibilidad de morir sin despedirme me produce un temor inconmensurable. Quizás por eso en estos días he tomado contacto con mucha gente, con cualquier excusa, y por muchos medios, por si acaso el bicho me termina arrastrando al respirador y, de ahí, a dónde quiera que sea que uno vuela cuando se va. No para despedirme, sino para reencontrarme con afectos, reminiscencias, complicidades, anécdotas olvidadas, risas. Para reparar. Para recordar. Para sentir. Quizás por eso también terminé escribiendo esta columna.