Columna de CONSTANZA DÍAZ


LOS HÉROES DE ESTA PANDEMIA QUE NADIE VE




Hoy hablaba con una amiga que es profesora y desde que comenzó el Coronavirus me contó que todos sus colegas han tenido que trabajar sin parar. Enfrentándose, de un día para otra, a una realidad para la que nadie estaba preparado. Nadie.


Los profesores hoy casi no duermen y son bombardeados por correos y mensajes, incluso, a sus cuentas personales en sus redes sociales, de apoderados que los llenan de preguntas, críticas y reclamos.


Los profesores hoy casi no tienen tiempo para comer. Pegados a la pantalla, encerrados en sus casas, trabajando sin parar. Muchos, en pocos metros cuadrados, junto a sus familias. Confinados. Con la misma preocupación e incertidumbre de todos nosotros.


Muchas profesoras son madres y algunas, no pocas, crían solas a sus hijos y tienen que cumplir, también, con las obligaciones del colegio de ellos. Mandar tareas a tiempo, enseñarles la materia que no entienden y preocuparse también, de la casa. Porque hay que comer, lavar, y ordenar.


Otra amiga, que también es educadora y mamá de tres, separada y con la crianza a cargo de ella al cien por ciento en todo sentido, me contó que el otro día estaba tan inmersa en reuniones online con los apoderados de su curso a cargo que olvidó por completo conectar a la clase virtual a su hijo de tercero básico. Se le fue. No se acordó.


Porque además de todo, en su casa hay un solo computador y tiene que alcanzar para los cuatro. Esa es la realidad de muchos, confinados en pequeños espacios, con problemas de conexión, profesores que no tenían idea de tecnología y tuvieron que aprender sobre la marcha y a duras penas. Hijos que también deben cumplir con sus obligaciones del colegio y la universidad. Maridos, en algunos casos, que también están haciendo teletrabajo. Encierro, angustia, crisis y deber.


Entonces hago un alto entre todo este enjambre y pienso en lo admirables que son nuestros profesores. Y en especial, esas profesoras que apenas pueden con sus trabajos y deben, sin haberlo pedido, ser profesoras de sus propios niños en casa. Buscar la manera de hacer para que todo funcione y no fallarle a nadie.


Pararse de su silla y correr a calentar un plato de comida. Contestar cada correo que le llega y tener que lidiar con una paciencia infinita con todos esos apoderados que alegan porque están mandando mucha tarea o porque están mandando poca. Porque sus hijos no quieren estudiar o porque se dieron cuenta que ellos no sirven para enseñar porque descubrieron que hay que tener verdadera vocación para hacerlo. Y muchas, no lo tenemos.

Gracias profesores.