Columna de BEA PALMA
- hace 1 día
- 2 min de lectura
Actualizado: hace 1 hora
Fundadora de My Nipp
NUNCA FUE SOLO BELLEZA

Durante muchos años trabajé en belleza sin preguntarme demasiado por qué. Me gustaba crear, transformar y, por sobre todo, observar.
La belleza tiene algo interesante: parece superficial hasta que deja de serlo. A veces un espejo no devuelve solamente una imagen. También devuelve identidad, recuerdos, seguridad, incomodidad, pérdidas, cambios.
Mi camino tampoco fue especialmente planificado. Una cosa fue llevando a la otra, arquitectura, maquillaje, micropigmentación, su aplicación paramédica, anaplastología. Visto desde afuera puede parecer una secuencia bastante lógica. Desde adentro fue mucho más parecido a ir avanzando con curiosidad, tomando decisiones, equivocándome y descubriendo sobre la marcha hacia dónde quería seguir.
My Nipp apareció así.
No nació de una gran estrategia ni de la intención de crear “algo con impacto”. Nació trabajando con mujeres que habían pasado por un cáncer de mama y encontrándome con una pregunta muy concreta: ¿qué alternativa tiene una mujer que perdió su areola o pezón y no quiere, o no puede, volver a pasar por una cirugía?
Comenzamos haciendo prótesis externas hiperrealistas. Parecía una respuesta principalmente técnica, pero las conversaciones con las propias mujeres fueron mostrando algo bastante más profundo.
El cuerpo había cambiado, pero no era lo único.
También estaba la manera de reconocerse, de habitar ese cuerpo nuevo, de cerrar —o no— una etapa y, sobre todo, de poder elegir.
Ahí la belleza empezó a adquirir para mí otro significado. No como una búsqueda de perfección ni como una obligación de “volver a ser la de antes”, sino como una herramienta dentro de un proceso mucho más personal.
Y ese proceso tampoco se construye solo.
Muchas de las cosas que hoy existen en My Nipp nacieron de conversaciones, encuentros y colaboraciones que no estaban programadas: una mujer que compartió su experiencia, un médico que hizo una pregunta distinta, alguien que nos presentó a otra persona, una organización que abrió una puerta o una conversación que obligó a repensar una idea.
Por eso cada vez creo menos en las redes entendidas como una acumulación de contactos. Las redes que realmente importan se construyen cuando existe confianza, generosidad y una disposición genuina a compartir lo que uno sabe, pedir ayuda cuando la necesita y hacer circular las oportunidades.
También he aprendido que una experiencia adquiere otro valor cuando deja de quedarse solamente en quien la vivió. Cuando sirve para acompañar, conectar, enseñar o hacerle un poco más fácil el camino a alguien que viene después.
Tal vez ahí está la verdadera fuerza de todo esto.
No necesariamente se trata de hacer grandes cosas ni de tener todas las respuestas. A veces se trata simplemente de observar, dejarse transformar por lo que una va encontrando y tratar de hacer algo útil con ello.
Con los años entendí que quizás ahí estaba la clave.
Porque, al final, nunca fue solo belleza.

Comentarios