Columna de AMAYA TERRÓN

Psicóloga Clínica.



"SI BUSCAS ALGO DISTINTO, NO HAGAS SIEMPRE LO MISMO" (Albert Einstein)

Todos tenemos en nuestras cabezas el significado de desconfianza, lo interpretamos como falta de confianza o esperanza en alguien o algo. Pero, ¿Qué significa ser desconfiado? ¿Por qué hay personas que desconfían de forma casi inmediata de todos los que le rodean? ¿Se puede ser feliz siendo desconfiado? ¿Qué función tiene la desconfianza?


Daremos respuesta a esta preguntas en seguida.


Todos hemos desconfiado alguna vez de alguien, unas veces con todo el sentido y lógica del mundo y otras nos hemos dado cuenta del sin sentido de nuestra suspicacia.


Surge del miedo.

La desconfianza tiene el origen en uno mismo; si nos creemos que estamos indefensos ante alguien desconfiaremos en mayor medida que si nuestra personalidad es fuerte y segura. La desconfianza surge del miedo a no saber defenderse, a verse indefenso ante la amenaza real o inventada de otra persona.


La principal función que le atribuimos a la desconfianza es de protección. De barrera contra lo que hay fuera de nosotros que amenaza nuestra integridad en todas sus manifestaciones. En este sentido, no es negativo, porque es verdad que no podemos ir sin defensas por el mundo, tenemos que protegernos poniendo límites a los demás y no dejando que nos hieran.


Las personas desconfiadas en extremo suelen ser personas temerosas, con una idea del “yo” bastante deprimida, lo que hace que se sientan tan vulnerables que se tengan que proteger casi continuamente y de cualquier situación. La tensión que acumulan y el círculo en el que se meten no hacen más que empeorar la situación: al desconfiar tanto de las personas que le rodean éstas se comportan de la manera proyectada en ellos y los desconfiados verifican sus hipótesis haciendo más sólida sus ideas acerca de la desconfianza.


Mecanismo “automático”

Muchas de las personas que desconfían lo hacen de una manera automática, por ejemplo: ven la cara de una persona y ya saben si es “de fiar” o no. Lo suelen llamar intuición, pero no es, ni más ni menos, que catálogos internos, categorizaciones mentales que hacemos en función de nuestra experiencia. Si hemos tenido una mala experiencia con dos pelirrojos, por ejemplo, sobre extendemos, sobre generalizamos y el pelo rojo se convierte en una característica de la que “desconfiar”. No somos conscientes de ello, no sabemos por qué, pero personas con x rasgos no nos gustan. Estas categorías internas tienen sentido, ya que son una forma eficaz de aprendizaje que nos ayuda a entender y a relacionarnos con el medio, pero nada tiene que ver con la intuición.


Cuando una mala experiencia sirve de catalizador para desencadenar una serie de pensamientos negativos hacia las personas que nos rodean es cuando la persona no podrá disfrutar de las personas que le rodean, generando una gran tensión a su alrededor y perdiéndose oportunidades de ser feliz. Cuando, tras conocer a una persona, ésta pasa automáticamente a la categoría de “persona de la que desconfiar” y se la descarta de cualquier tipo de intercambio comunicativo por un miedo injustificado a ser herido es cuando tenemos un problema.


Problemas de relación

La personas en extremo desconfiadas suelen tener problemas relacionales, ya que interpretan cualquier acto como un ataque y suelen sentirse heridas muy fácilmente, siendo incapaces de olvidar esa agresión interpretada por mucho tiempo.


Debido a que están en alerta continua frente a las amenazas se comportan de forma excesivamente suspicaz y aparentan frialdad emocional, pueden mostrarse hostiles e irónicos. De ahí la frase: “La hostilidad es la herramienta de los débiles”.


Sin embargo, las personas más confiadas parecen personas más seguras de sí mismas, no es que no tengan miedo a ser heridas, sino que este riesgo les compensa. Es cierto que quedan más “desprotegidas” con respecto a los demás, pero también es cierto que las experiencias les sirven para ser más fuertes, y a más fuertes son menos miedo tienen. Sin embargo, las personas temerosas y desconfiadas nunca sufren, siempre se protegen, pero viven dentro de un muro del que se deberían proteger más que de ninguna otra cosa.


Además, a veces, las personas desconfiadas obtienen consecuencias negativas por su actitud, por ejemplo, ocurre que las personas de las que desconfiamos se dan cuenta de que desconfías de ellas y se comportan como tal, sería la profecía autocumplida.


Buscar el equilibrio

Como decía Aristóteles: “La virtud está en el término medio”, en este sentido, ser demasiado desconfiado te librará de ciertos golpes, pero no te dejará ser plenamente feliz ni conectar con los demás, y ser demasiado confiado en un mundo en el que vivimos sería totalmente desadaptativo.


Y, ¿Cómo llegar al término medio? os preguntaréis. Confiar en uno mismo es la clave, se consigue una fuerza que te protege de cualquier obstáculo. Confiar en la verdadera intuición, y aprender de la experiencia, son formas prácticas de llegar al término medio.


Es verdad que la confianza es algo que se gana con el tiempo, por lo que la desconfianza también. Tan malo sería confiar a ciegas ante una persona que acabas de conocer como desconfiar hasta el punto que esto te impida conocerla. Mi consejo sería conocer antes de tomar una decisión, no tener miedo a las experiencias porque en ellas está la respuesta a si es una persona merecedora de nuestra confianza o no. Tanto para confiar como para desconfiar nos hace falta el trato directo.


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