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Columna de ALEJANDRA MUSTAKIS

hace 14 horas
3 min de lectura

Desarrollo y creo en mi país. Soy fan del emprendimiento social y del hacer las cosas de una manera distinta. Emprendedora y Empresaria. Medular, Kauel, If, 1ko. Ex presidenta de Asech y profesora de MBA UC.. Escritora del libro, YO CREO.


¿EL MUNDO QUE FALTA POR CONOCER?


Cuando empecé a emprender no pensaba en hacer redes. Pensaba en hacer cosas.


Conocer gente, por supuesto, siempre fue parte del camino. Pero con los años entendí que una red no se vuelve valiosa porque tengas muchos teléfonos, te inviten a muchos lugares o conozcas a personas importantes. Se vuelve valiosa cuando eres capaz de conectar personas, mover ideas entre mundos distintos y hacer que de esos encuentros salga algo que antes no existía. Eso es otra cosa.


El sociólogo Ronald Burt lleva décadas estudiando justamente qué ocurre entre esos mundos. Su teoría de los “agujeros estructurales” parte por mirar no solamente las conexiones que existen en una red, sino algo bastante menos evidente: las conexiones que faltan.


Las personas tendemos a organizarnos en grupos. Dentro de ellos se construye confianza, se comparte información y se desarrollan códigos, experiencias y maneras de hacer las cosas. Mientras más conectado esté ese grupo, mejor puede funcionar internamente.


Pero hay una contracara. Mucha de la información que circula dentro de una red cerrada termina siendo redundante, porque distintas personas saben versiones parecidas de las mismas cosas. Y mientras eso ocurre dentro de un grupo, a pocos metros puede existir otro, igual de conectado, acumulando conocimiento completamente diferente. Entre ambos puede no haber nadie hablando. Ese espacio es lo que Burt llama un agujero estructural.


La persona que logra ocupar ese espacio y conectar ambos lados -el broker- queda en una posición especialmente valiosa. No porque tenga más contactos, sino porque tiene acceso a información que no circula de la misma manera en ninguno de los dos grupos. Puede enterarse antes de una oportunidad, entender lo que necesita un lado y saber que la respuesta existe en el otro. También puede traducir información entre ambos, negociar entre alternativas que los demás ni siquiera saben que existen y puede hacer algo que a mí me parece especialmente interesante: combinar conocimientos que hasta ese momento estaban separados.


Ahí aparece la innovación. Burt estudió este fenómeno en una gran empresa estadounidense de electrónica y encontró que los ejecutivos cuyas redes atravesaban más de estos agujeros tenían mayor probabilidad de proponer ideas, menor probabilidad de que fueran descartadas y mayor probabilidad de que fueran consideradas valiosas.


No necesariamente porque fueran más inteligentes o supieran más. Veían opciones que los demás no veían, y eso cambia bastante la manera de pensar una red. La mayoría mira sus redes por volumen (cuántas personas conocemos), cuando los innovadores las miran por estructuras (qué me puede entregar alguien distinto a mi).


Por eso a mi juicio, en los ambientes innovadores la pregunta no es cuánta gente conozco, o incluso quién me falta conocer. El enfoque se vuelve más interesante con la pregunta ¿Qué mundos me falta por conocer?


Ahí está la parte más llamativa de construir redes, que es aumentar la cantidad de mundos desde los cuales somos capaces de mirar. Es también una invitación relevante para quienes tenemos la posibilidad de influir, liderar y abrir espacios. Los agujeros de los que habla Burt no existen porque a un lado le falten ideas, talento o conocimiento. Lo que falta es el puente.


Y nosotras podemos ser ese puente no sólo ampliando nuestras propias redes, sino también conectando las que ya tenemos. Hacer que una oportunidad llegue a otro mundo, que un conocimiento salga del lugar donde se produjo y que personas que probablemente nunca se habrían encontrado empiecen a conversar. Influir también puede ser eso, usar el lugar que una ocupa para acercar mundos que todavía están demasiado lejos.


@alemustakis


 

 
 
 

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