Columna de VALERIA MADURO

Escritora. Periodista y Agente de cambio social.


EL OTRO ROSTRO DE LA ESPERANZA: UNA FRONTERA DE RIESGOS Y TRANSFORMACIÓN


Vacío en el centro de mi pecho cada vez que recuerdo algunos momentos que podrían ser difícil de olvidar, pero no quiero, más bien deseo que nunca se vayan de mi memoria porque es un recordatorio diario del porqué hoy estoy inmortalizando mis letras a través de este artículo, que quiero compartir con todos ustedes. A esas mujeres y a esos hombres que tienen ese deseo constante de un bienestar común. Un artículo en conmemoración del Día Mundial del Refugiado.


Es momento de volver a ponerme las botas, han pasado los años y la nostalgia me invade al visualizarlas llenas de tierra. Esta vez la aventura comenzó cuando me avisaron que iríamos al Darién para trabajar en una cobertura del programa EcoVerde, un proyecto audiovisual televisivo que concientiza sobre el medio ambiente. Lo primero que llegó a mi mente fue, ha llegado el momento de conocer las barreras fronterizas que día a día las padecen quienes desean un mejor mañana. El Darién, es la frontera entre Colombia y Panamá la cual es considerada una de las rutas de migrantes irregulares más peligrosas del mundo por ser una selva tropical e inhóspita, y porque ahí colindan grupos del crimen organizado.


Fue un viaje intenso de seis horas aproximadas en carro, ahora imaginen, el recorrido caminando se traduce en días con el calor desahuciado que viven, con el peso del sol en sus hombros y el deseo de humedecer sus labios con un poco de agua. Sin contar las personas que, al encontrar agua, se arriesgan a cruzar el río que los deja sin respirar más. A esos peligros que se enfrentan en el encierro del monte, donde cualquiera es blanco fácil de las serpientes o los jaguares, se suma la silenciosa operación de un cartel de tráfico humano cuyos alcances son difíciles de cuantificar.


A ese viaje me refería, donde conocería familias enteras de personas haitianas, asiáticas, africanas y cubanas. De acuerdo con las autoridades panameñas e internacionales, en el 2021 han informado de un aumento importante de la presencia de niñas y niños, además de mujeres, uno de los géneros más denigrados dentro del grupo de migrantes.


Así, hoy, la historia se convertiría en la búsqueda de los mismos jaguares que comparten los bosques con el centenar de personas migrantes. Caminamos senderos, lluvias intermitentes con vientos fuertes, picadas de garrapatas que hasta el momento las manchas son los recuerdos que no he podido aliviar en mis piernas, pero con el objetivo claro de una entrevista que cumplir. Vivimos límites que para un citadino es toda una experiencia con retos en su haber, por los kilómetros, los insectos, la comida limitada y lo impaciente de encontrar un jaguar para captar ese momento “kodak” que todo profesional audiovisual busca dentro de la fauna. Por eso considero que un lugar así no significa lo mismo para todos, porque para un citadino es un lugar olvidado, difícil de habitar, donde se presenta toda una “aventura” encontrar este animal; mientras para otros, como los migrantes, este lugar representa la ruta hacia nuevos días, defendiéndose de toda fiera que se encuentre en su haber. Ahora transportémonos a esas mujeres que junto a su familia dejaron todo, para poder lograr una vida mejor, con el deseo de superarse, sin tener presente que el género podría ser parte de esos muchos obstáculos en la ruta a seguir.


Una población en riesgo, pero que deberíamos tener en la mira con mayor detenimiento porque sus experiencias, mano de obra y creatividad son de suma relevancia para el aporte y competitividad, ya que la necesidad crea esos espacios de emprendimiento que, muchas veces, para los que estamos en las mismas cuatro paredes es difícil ver, pero que pueden ser la frontera que nos une para un desarrollo efectivo.


Hoy muchas empresas han descubierto el enorme potencial y la rentabilidad que representa para sus actividades, al contratar mujeres. Las mujeres representan casi la mitad de los 244 millones de migrantes y la mitad de los 19,6 millones de personas refugiadas del mundo, según ONU Mujeres.


En este punto, es importante comprender la diferencia que existe entre refugiados y migrantes. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) describimos a ‘refugiados y migrantes’ cuando nos referimos a movimientos de personas por mar o en otras circunstancias, en donde creemos que ambos grupos puedan estar presentes. Y decimos ‘refugiados’ cuando nos referimos a personas que huyen de la guerra o persecución y han cruzado una frontera internacional; mientras que, a las personas ‘migrantes’ nos referimos cuando se trasladan por razones no incluidas en la definición legal de refugiado.


Ahora, ¿por qué las personas migran? Las personas migran para escapar de la pobreza, para mejorar sus medios de vida y oportunidades o para escapar de los conflictos y la devastación que asolan a sus países.


¿Por qué las mujeres migran? Muchas de ellas buscan la protección de sus familias como soporte en su hogar, por consiguiente, lo primordial es encontrar un refugio y el alimento diario. Los desafíos de este grupo son innumerables, porque primero son migrantes y muchas de ellas se quedan en la frontera porque deciden seguir el paso a la ruta del sueño americano o buscan un refugio en Panamá, con ello deben comenzar un proceso para solicitar su condición como refugiada. De allí comienza toda una travesía de incertidumbres, sin dejar a un lado que éstas vienen con sus familias o solas, huyendo de la realidad de su país.


Esta explicación me hace acordar de una de las primeras veces que dicté un taller a un grupo de mujeres refugiadas invitada por la organización humanitaria HIAS Panamá. Me llamó la atención entre tantas historias que tienen la capacidad de dejarte con la piel erizada. Por ejemplo, cómo una de ellas tuvo que escapar a Panamá, teniendo a sus hijos secuestrados en su país de nacimiento y a su esposo privado de libertad. O la historia de una niña expresándome que no cree que los sueños sí se pueden hacer realidad, por las limitantes que tiene en un país que no le brinda las mismas oportunidades por su condición, y que muchas veces estas limitantes también son impuestas por los estereotipos y prejuicios que nosotros mismos imponemos inconscientemente desde muy niños.


En una crisis, las mujeres suelen ser las primeras en reaccionar. Ya sea en los campamentos, en el país de origen o el de destino; cumplen un papel fundamental en el cuidado, el sostén y la reconstrucción de sus comunidades. Sin embargo, las necesidades, las prioridades y las voces de las mujeres refugiadas y migrantes suelen estar ausentes de las políticas destinadas a protegerlas y darles asistencia. ¿Te has preguntado si pasa lo mismo en tu entorno? Y es que, ese grupo de mujeres que sobrepasan las fronteras día a día para buscar el sustento a sus hogares, mujeres refugiadas y migrantes, son las mismas mujeres que hoy llevamos dentro también.


Si aterrizamos la narrativa, vemos que no solo existen desafíos, también hay beneficios. Las remesas que envían las mujeres migrantes mejoran los medios de vida y la salud de sus familias y fortalecen la economía. Según las Naciones Unidas, en 2015, las y los migrantes internacionales enviaron a los países en desarrollo remesas por un total de 441 mil millones de dólares estadounidenses; esto equivale a casi el triple de la asistencia oficial para el desarrollo, que suma un total de 131, 6 mil millones de dólares.


Por ello, en América Latina y en el mundo se ha tomado la iniciativa de aportar espacios de valor para lograr un cambio transformador en sus vidas con modelos productivos tradicionales, impulsando el desarrollo integral de las mujeres y su empoderamiento económico y personal enfocado en: emprendimientos y generación de ingresos, asesoramientos para innovar, para fortalecer sus ingresos, propiedad de activos, capital semilla, tecnologías ahorradoras de tiempo, derechos humanos, autoestima, toma de decisiones, prevención de violencia, liderazgo y participación ciudadana. Todas estas acciones se desarrollan actualmente en países como, por ejemplo: Guatemala, El Salvador, Panamá, Ecuador, Chile, México y Australia.



Ahora bien, todos estos aportes mencionados anteriormente, ¿tendrán el impacto sostenible y efectivo que deseamos? Una pregunta que seguiré cuestionando porque más allá de la data, que es de suma relevancia, también veo una realidad muy dura de aceptar. Pienso en mi mamá, tías, primas y todas las mujeres que están muy cerca de mí, que han cargado sobre su espalda alguna historia vivida como migrante.


Capaz este tema no sea tan “sexy” o atractivo para muchos; pero primero, está más cerca de lo que pensamos, segundo, mujeres: la sensibilidad traspasa nuestras cuatro paredes, la trayectoria y experiencia no se equivoca en sellar los pasos y fijar la mirada hacia una vida influenciadora, y tercero, las realidades sacrificadas hacen que la productividad sea parte de la creatividad y los emprendimientos nazcan. Ninguna mujer debería quedarse con el deseo de aprender, por eso considero que espacios como estos son valiosos e impulsan para generar más plataformas de apoyo.


He narrado algunos momentos de mi historia referente para que visualicen la valentía que hoy tiene la mujer migrante o refugiada al tomar la decisión de emprender desde su espacio. Porque la población “no escuchada”, podría tener cómo único refugio el emprendimiento, y ese podría ser un termómetro del cómo se podría influir para generar el impacto social en nuestros países.


¿Qué pasaría si el mundo se acabara ya?, ¿qué hubieras hecho diferente?, ¿hubieras mirado y dado pasos por una ruta distinta? Todas las historias aportan para influir en la vida de los demás, tú historia ayuda al otro a no sentirse refugiado de su propia historia.